| El
ámbar
Cálido, liviano, suave cuando lo acariciamos,
aromático cuando lo calentamos, eléctrico cuando lo frotamos. Así
es el ámbar, con sus tonalidades amarillentas, anaranjadas, marrones, rojas,
azules, verdes o simplemente transparente, como el cristal. Por sus características
eléctricas, por la fragancia que emite cuando se le calienta, por la sensación
de calor que nos da cuando lo cogemos entre las manos, y por los pequeños
animales aprisionados en su interior, el hombre lo ha utilizado desde hace siglos
como elemento mágico y le ha otorgado grandes poderes curativos.
No andaban muy descaminados nuestros antepasados pues el ámbar contiene
ácido succínico utilizado todavía en la actualidad en medicina
para curar diferentes dolencias. Algunos grupos indígenas lo utilizan hoy
mezclado con miel, aceite y alcohol para curar los dolores musculares por medio
de masajes o en forma de pomadas curativas para casi todas las enfermedades. Durante
el siglo XIX en Europa podían encontrarse ungüentos de ámbar
en las farmacias que se utilizaban para los mismos fines. Todas estas
propiedades curativas, aromáticas y eléctricas hicieron que el hombre
primitivo lo convirtiese también en un poderoso amuleto al que le concedieron
la facultad de curar enfermedades y de trasmitir poderes especiales a quien lo
portaba. Todavía hoy goza de una gran reputación como protección
contra las enfermedades y los problemas de salud en general. Dicen que revitaliza
el organismo en general y el órgano del cuerpo sobre el que se coloque,
en particular. Algunos consideran que para eliminar los dolores reumáticos
no hay nada mejor que un brazalete de esta resina, y en forma de collar cura las
enfermedades del tiroides y de las vías respiratorias, especialmente el
asma. Se utiliza contra la mala suerte y como medio para atraer
la buena suerte. La energía que desprende el ámbar puede librarnos
de la brujería y el mal de ojo y está especialmente indicado
para proteger a los niños contra los malos espíritus y aliviarles
los dolores de la dentición. Los chinos de la antigüedad lo consideraban
una piedra sagrada que contenía la esencia de la vida y los alquimistas
egipcios le otorgaban un valor religioso y médico. Los aztecas lo denominaron
"Apozonalli" y lo utilizaban como adorno igual que los mayas. En la
Roma antigua se sentía tanta predilección por el ámbar que
hasta establecieron rutas de comercio de este material que cruzaban Europa hasta
el mar Báltico, una de las principales zonas de origen. Durante la prehistoria
muchas mujeres se sentían atraídas por su belleza y posiblemente
fueron ellas las primeras en utilizar el ámbar en forma de joyas.
Pero el ámbar no es una piedra. Es una resina fosilizada procedente de
pinos prehistóricos ya desaparecidos. La resina de aquellos grandes bosques
escurría por el tronco y las ramas y se depositaba en la tierra donde quedaba
enterrada. Con el paso del tiempo se endurecía y se transformaba en la
sustancia que hoy se conoce como ámbar. En algunas ocasiones la resina
arrastraba pequeños animales o vegetales que quedaban atrapados en su interior
y se han conservado intactos hasta nuestros días, lo cual permite a los
científicos un estudio muy detallado del pasado. Los griegos le denominaban
electrón, nombre que se ha utilizado para formar la palabra electricidad
dado que al frotarse adquiere una fuerte carga eléctrica capaz de atraer
cuerpos ligeros. El conocido como "Ambar Amarillo" se encuentra
en el fondo del mar Báltico en grandes cantidades. Desde tiempos remotos
las civilizaciones más primitivas lo recogían en el litoral de este
mar cuando era arrastrado hacia las playas una vez que las tempestades removieran
los fondos marinos y la resaca lo depositase en las costas. En cantidades
menores se encuentra en Sicilia, Rumanía, Siberia, Groenlandia, Birmania,
Australia, Estados Unidos y en España (Álava), donde recientemente
se ha descubierto uno de los más importantes yacimientos de esta sustancia.
También la mitología se ha ocupado del ámbar. Ovidio
en su Metamorfosis se refería a él cuando relataba la leyenda
de Faetonte, hijo del dios Sol y de la oceánide Clímene. Su madre
le había criado sin revelarle nunca sus orígenes divinos pero, llegado
a la adolescencia, Clímene se vio en la necesidad de descubrirle su auténtica
identidad. Faetonte para estar seguro exigió a su padre un signo de su
procedencia y le pidió que le dejase conducir su carro. El Sol pensando
en el peligro que aquel deseo podría ocasionar se negó. Pero ante
la insistencia de su orgulloso hijo accedió a su petición no sin
antes hacerle mil recomendaciones. Faetonte sujetó las riendas y partió
por el camino trazado en la bóveda celeste. Pero al poco tiempo la velocidad
y la altura hicieron que el terror se apoderase de él y abandonó
el camino que le habían trazado. Descendió tanto que a punto estuvo
de incendiar la Tierra. Arruinó cosechas, ardieron los bosques, se secaron
los ríos, hirvieron los lagos. Faetonte, incapaz de dominar el carro soltó
las riendas y pidió ayuda a su padre. El Sol no pudo escuchar sus súplicas
porque la Tierra entera estaba clamando al todopoderoso Zeus para que pusiera
fin a tantas calamidades. Zeus levantó la cabeza y al ver todos aquellos
desastres lo fulminó con un rayo precipitándolo en el río
Erídamo. Sus hermanas, las Helíades, convertidas en álamos
lloraron amargamente su pérdida derramando lágrimas de ámbar
sobre las orillas del río. Hoy, siguiendo la huella de nuestros
antepasados, el ámbar se utiliza en la elaboración de joyas muy
valiosas y en amuletos protectores. Con esta resina fosilizada del color de la
miel se confeccionan todo tipo de colgantes, collares, aros, pendientes, anillos,
etc., que gozan de una extraordinaria popularidad dentro del mundo esotérico.
Todavía en nuestros días el ámbar se recomienda como
sustancia protectora y curativa. Cálido y liviano, suave
cuando lo acariciamos, aromático cuando lo calentamos y eléctrico
cuando lo frotamos, el ámbar debería acompañarnos siempre
para aliviar y reconfortar nuestra vida con un toque mágico de esas lágrimas
de templada miel.
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