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La navidad y su arbol Cuando conocemos
el origen de las cosas, las comprendemos. Cuando las comprendemos adquieren sentido
y podemos llegar a amarlas. Y si somos capaces de amar es muy probable que una
brisa nos envuelva y nos impulse hacia ese mundo fantástico de la esperanza
y la prosperidad donde crece el deseo y la ilusión en el porvenir, en la
vida. Lo mismo ocurre con la Navidad. Conocer sus orígenes es comprenderla
para amarla y llegar a sentir esa ráfaga de viento que nos guía,
a través de sus símbolos, a un lugar donde todo es posible. Esa
es la magia, la magia de la Navidad, de la que todos podemos disfrutar seamos
o no creyentes porque es, ni más ni menos, la expresión de un deseo
de vivir. Aunque ni San Mateo ni San Lucas en sus evangelios citan fecha
alguna del nacimiento de Jesucristo, la Navidad tuvo un reconocimiento oficial
allá por el año 345 cuando, por iniciativa de San Juan Crisóstomo
y san Gregorio Nacianceno, doctores y padres de la Iglesia primitiva, se proclamó
el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús. La Iglesia adoptó
ese día haciéndolo coincidir con las festividades paganas que exaltaban
el solsticio de invierno. El solsticio de invierno, que tiene lugar hacia
el 21 de diciembre, marca el fin de un ciclo solar. Se caracteriza por ser la
noche más larga del año. El Sol parece detenerse y a partir de ese
momento los días empiezan a crecer y la luz poco a poco se va imponiendo
sobre las tinieblas. Desde siempre el ser humano ha otorgado una gran importancia
al astro rey. Le han adorado y han reconocido su trascendencia en el ciclo de
la vida. Los pueblos primitivos preparaban grandes fiestas para darle la bienvenida
pues a partir de ese momento empezaría a brillar con más intensidad
permitiendo que la luz venciese sobre las tinieblas y el calor hiciera crecer
sus cosechas. Es en estas celebraciones paganas donde hay que
buscar el origen de la Navidad que actualmente conmemoramos cada 25 de diciembre.
Los romanos, por ejemplo, celebraban con grandes banquetes, diversiones e intercambios
de regalos las fiestas en honor de Saturno, dios de la agricultura, durante la
semana del 17 al 23 de diciembre. Los pueblos celtas, germanos y escandinavos
del norte de Europa celebraban la fiesta de Yule el 21 de diciembre. Durante la
festividad de Yule se cortaba un tronco de árbol que se llevaba a las casas
donde se adornaba con ramas verdes, manzanas, piedras pintadas y cintas. Esta
decoración respondía al deseo de que las cosechas siguientes fuesen
abundantes. Cuando el Sol se ponía se prendía el leño y sus
cenizas se guardaban porque creían que podían curar enfermedades
o se esparcían por los campos para fertilizarlos. De esta manera festejaban
la llegada del Sol que con su luz y calor es portador de vida y prosperidad. Yule
significaba el renacimiento del Sol, el creador de la vida, que a partir del solsticio
de invierno, empezaba de nuevo a calentar la Tierra haciendo germinar las semillas
ocultas en sus entrañas. La Iglesia Católica en su afán de
apartar a los fieles de las celebraciones paganas relacionó este hecho
con el nacimiento de Jesús, portador de luz y salvación para los
cristianos y así encajó, sin ningún rigor histórico,
el nacimiento de Jesús en el solsticio de invierno. La
mayoría de las costumbres, tradiciones y símbolos que hoy utilizamos
durante la Navidad están relacionadas con las celebraciones del solsticio
de invierno de las antiguas culturas paganas. El Árbol de Navidad y todos
los elementos decorativos que lo engalanan tienen su origen en la costumbre celta
del leño del solsticio. Los adornos nos hablan de la expresión de
deseos de paz y prosperidad y constituyen el eco de las voces que se alzaron
hace miles de años en las bocas y los corazones de nuestros antepasados
reclamando la continuidad de una vida de prosperidad y abundancia. Hoy
colocamos velas o lucecillas de colores que son los remanentes de
las hogueras que se encendían en honor al Sol recién nacido. Las
cintas las hemos sustituido por guirnaldas y representan la petición
de un deseo que queremos ver cumplido. Las bolas de colores sustituyen
a las frutas como la expresión de un deseo de fertilidad y abundancia para
el siguiente ciclo anual. Posteriormente se fueron añadiendo otros elementos
surgidos de las tradiciones populares. Así se incorporaron las campanillas
pues se pensaba que haciéndolas sonar se puede ahuyentar a los malos espíritus;
las herraduras para deshacerse de las malas influencias, y se alzó
el color rojo que hoy acompaña a muchos adornos navideños
como símbolo del nacimiento por su asociación con la sangre del
parto. Y todo esto lo colocamos sobre un pino símbolo de la vida
por su color y por su perpetuo follaje. La Navidad y su árbol
procede de un canto a la vida que los pueblos primitivos entonaron durante los
solsticios de invierno y se fue extendiendo a lo largo de los siglos por todos
los rincones de la Tierra. Hoy también podemos esperar un poco de magia
navideña a través de ese arbolito que nos va a acompañar
durante estos días. Colguemos en él nuestros deseos, nuestras aspiraciones,
nuestros anhelos de paz y abundancia en lo material y espiritual. Hagamos
un ritual lento y meditado, cada guirnalda un deseo, cada bola una semilla que
fertiliza, cada lucecilla una esperanza de vida, cada campana, cada herradura
un desprecio a la maldad. Entonemos también nosotros ese cántico
de vida y posiblemente este año, más que otras veces, nuestro
Árbol de Navidad se encenderá con una luz inédita y dejará
de ser un mero objeto decorativo para convertirse en el símbolo que recoge
nuestros buenos deseos y nos impulsa a conseguir todo aquello que esperamos.
Dejémonos atrapar por la magia navideña que, al margen de la
rueda consumista que todo lo arruina, puede transportarnos a ese lugar donde sólo
la vida hace acto de presencia. Y pensemos que, al margen de creencias e ideologías,
lo que siempre permanece y está latente es su mensaje de vida y esperanza
encerrado en esos símbolos que todos somos capaces de descifrar. Posiblemente
es este el verdadero sentido de esa Navidad que un día los hombres acomodaron
en el solsticio de invierno. Y hoy, cuando la conocemos y comprendemos, estamos
en disposición de amarla y así alcanzar esa cosecha que todos anhelamos
en el devenir de la existencia. |